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domingo, 4 de mayo de 2025

Sueños y recuerdos


Mi casa tenía un gran patio de baldosas, detrás del que se extendía el jardín. Al fondo un enorme naranjo indicaba que ya pronto terminaba la casa. En ese jardín me sentí muchas  veces Tarzán. Trepábamos incesantemente a una higuera que había cerca del naranjo, y tanto la conocíamos, que podíamos llegar a nuestra rama favorita con los ojos cerrados. 

Cierta vez alguien me consolaba porque un enorme toro negro había ingresado a nuestro jardín, y alguien había sido lastimado. Una herida roja, circular, de piel levantada se observaba en su/mi pierna. Me/le dolía mucho y necesitaba consuelo. Siempre recuerdo en la luz mortecina y las sombras amenazantes, la imponente silueta del toro con cierta angustia. Pero a la tarde, siempre el sol inundaba el patio, el jardín, el naranjo y la higuera. Y yo volvía a ser Tarzán. Y ya se sabe que Tarzán nunca tiene miedo. 

A veces también podía ser Sandokán. El borde de las baldosas era un peligroso acantilado en cuyo fondo podía verse el ímpetu con que el mar atacaba los afilados riscos. Podía correr por el borde, y hasta despeñarme en insondables abismos, pero siempre esquivaba las peligrosas rocas para caer en profundas aguas en las que nadaba hasta ponerme a salvo de los voraces tiburones.

Tenía un caballito con ruedas, sobre el que solía galopar por todas las selvas del mundo. Aunque “la” selva era siempre africana. Los leones y leopardos no me alcanzaban jamás. Los elefantes se corrían de mi camino, y rinocerontes y jirafas hacían una reverencia a mi paso. A veces, a pie, me internaba en ciertas espesuras muy peligrosas, pero sabía eludir las sigilosas serpientes venenosas, y sobre todo la lechuga y los tomates recién plantados por mi mamá. 



Años más tarde, ya adolescentes, nos disfrazamos de soldadobomberopiratapolicía con gorros, cascos, pistolas, rastrillos, mangueras y micrófonos. Una foto testimonia el hecho. 

¿Sabíamos tal vez que esos juegos terminaban para siempre?


jueves, 17 de abril de 2025

VOLTEADEROS

 VOLTEADEROS (1)


Cualquier parecido con la realidad, no es ninguna casualidad…

Llevaba pocos minutos al frente de la oficina de Bromatología de Nuestro Municipio y me ponía al corriente de los asuntos que en ese momento se estaban diligenciando. Una de las tareas que más tiempo demandaba eran los trámites de habilitación de comercios de alimentos. Nuestra función era informar, previo al dictado del acto administrativo, si el establecimiento era apto, desde el punto de vista bromatológico, para su funcionamiento. 

—Todos estos expedientes son los que ingresaron y aún no se han inspeccionado— me dijo el Sr. XX, señalando una pila de regular altura. 

Este personaje era en los hechos el que estuvo a cargo de la oficina desde la renuncia del anterior jefe y hasta mi llegada.

—Estos otros en cambio, son los que ya han sido inspeccionados— agregó, mostrando una pila de altura monumental.

—¿Y por qué aún no se les ha dado salida? —pregunté.

—Bueno, lo que pasa es que entre ellos hay algunos que se deben volver a inspeccionar; otros, en los que el titular debe entregar alguna documentación faltante y solo son unos pocos los que están listos, con informe favorable –explicó el Sr. XX.

—¿Y están todos mezclados?

—Eh… bueno… lo que pasa es que a veces… ¡Los interesados tardan tanto en completar la documentación!

—Bien, pero eso no explica por qué están todos mezclados. Además ¿tienen esos interesados plazos concretos para entregar la documentación faltante?

—Bueno, habitualmente los intimamos a completar sus requisitos en un plazo no estimado.

—¿Y eso qué quiere decir? —pregunté, nuevamente con ingenuidad.

—Bueno, quiere decir que no se da un plazo concreto.

—Entonces, ¿el interesado puede tardar tres años en cumplimentar los requisitos? Y mientras tanto ¿siguen funcionando normalmente?

No creo que valga la pena abundar en detalles acerca de la serie de torpezas con que se pretendió explicar la situación. Lo cuento solo para que se tenga una idea general de los personajes con los que me las tenía que ver. Lo que recuerdo es que había otra pila aún de unos seis o siete expedientes separada prolijamente.

—¿Y estos otros? —pregunté.

—¡Ah…! Esos… esos son volteaderos.

No estoy hablando de la década del 30, sino de los años 90. Si alguien se sorprende, debo recordarle una vez más, que la realidad supera la fantasía más alocada. 

Estos establecimientos pedían habilitación, en general, como Bar y pensión. De este modo podrían justificar el expendio de tragos, así como la existencia de habitaciones. Nadie dudaba de que, con la pretendida habilitación o sin ella, estos establecimientos funcionaban normalmente con el beneplácito de alguna autoridad municipal y policial.

Por lo tanto, había que ser cauteloso. Salir con la lanza en ristre, me podía llevar a un quijotesco final contra molinos de viento, pero hacer la vista gorda para no enfrentar a los poderosos, era convertirse en cómplice. Decidí que lo mejor sería esperar unos días para efectuar la inspección de estos establecimientos, plazo este que, esperaba, me serviría de “rodaje” en estas lides. 

Al cabo de una semana llegó un funcionario de la Secretaría de Gobierno con un expediente en mano, indicando que, por orden del propio secretario, había que “sacarlo” con toda premura. Se trataba de un nuevo volteadero, que se presentaba como Bar, restaurante, parrilla y pensión.

Había entonces que poner manos a la obra sin dilaciones. Como no confiaba en mis inspectores para mandarlos solos, opté por hacer personalmente estas inspecciones. Desde luego, la visita no podría hacerse en el horario matutino habitual de la municipalidad, si no por la noche. Decidí entonces concurrir a las 20:00 horas.

El barrio no era de los más recomendables para un paseo nocturno, y el local resultó un tugurio de mala muerte con el sugestivo nombre de El potrillón”. 

Al entrar, en la penumbra del salón, nos atendió una “señorita” en paños menores, a la que le sobraban los años tanto como los kilos, que con meliflua y estereotipada voz nos prometió toda suerte de extraños y paradisíacos devaneos eróticos. Cuando nos identificamos como inspectores, se retiró a la trastienda de donde, de inmediato, surgió un “caballero” con aires de encargado que nos atendió durante la visita. Uno de los requisitos para todo aquel que trabaje en un establecimiento con expendio de alimentos es poseer libreta sanitaria. Desde luego que el encargado no la poseía y la señorita tampoco, si bien el caballero declaró que se trataba de una clienta… No pudo ni intentó explicar qué hacía una clienta vestida ¡con lencería erótica…! Pude constatar la presencia de una puerta en el fondo del salón y cuando pretendí franquearla para ver lo que suponía que serían las habitaciones de la pensión, el encargado me dijo:

—Allí no se puede pasar, están culeando… (2)

En el expediente figuraba un informe previo de la Dirección de Inspección General, que era ampliamente favorable para la habilitación de todos los rubros solicitados, aunque no había cocina para el restaurante y apenas si había dos sucuchos que oficiaban de baños. En mi informe declaré que se podría habilitar únicamente como bar, con expendio de bebidas y emparedados. También consigné que había una puerta que no se me permitió franquear, por lo que no podía abrir juicio acerca de lo que allí había y si se adecuaba para habilitar una pensión.

Con la premura digna de las causas nobles, se otorgó la habilitación para todos los rubros solicitados, haciendo caso omiso a mis salvedades.

Vaya uno a saber qué código no se cumplió entre estas gentes sin códigos, pero ocurrió que a los pocos días se dictó desde las altas esferas la clausura del establecimiento, abriéndose un sumario para determinar las responsabilidades de los funcionarios intervinientes. Tuve que comparecer ante el abogado sumariante y pude ver que el propio Secretario de Gobierno (de quien dependía la Dirección de Inspección General, que había otorgado su beneplácito para habilitar todos los rubros solicitados), particularizaba sus embates contra la oficina de bromatología (no dependíamos de su área sino de salud), que «… habiendo visto la existencia de dependencias a las que no pudo acceder, permitió que se habilite…». 

—¿Yo permití que se habilite? ¡Pero si fue él quien habilitó con mi informe a la vista! Y de la opinión favorable de Inspección general ¿no dijo nada? —manifesté al sumariante sin ocultar mi indignación mayúscula. 

Mi interlocutor me hizo notar que el Secretario de Gobierno no solo era Secretario, y por tanto estaba fuera del alcance de mis iras, sino que además era abogado.

—¿Quién creés que va a perder si vas contra él? — me dijo. Y agregó —Esto es pa’la gilada (3), aquí no va a pasar nada…

Teniendo en cuenta estas razones, expresé un par de conceptos en mi descargo y allí quedó la cosa.

Luego tuve que intervenir en otros casos más. Uno de ellos, de nombre   Porky’s”, era mucho más coqueto. Las señoritas (varias) eran más atractivas y el encargado, muy atento, nos ofreció sus servicios por cuenta de la casa. También nos explicaba que tenían autorización del comisario, del director de Inspección General de Nuestro Municipio y hasta dijo saber cuál es la tarifa semanal que cobraban esos dignos funcionarios. 

—Entonces, ¿para qué piden habilitación? — pregunté, desconcertado.

—Sabés que pasa pibe, que por ahí viene algún juez que busca fama y por cualquier boludez te clausura. Si tenés habilitación, la cosa se le hace más difícil…

Sabiendo que el inspector que me acompañaba era médico, el encargado le sugirió que, si quería, podía pasar “a revisar” a alguna de las señoritas…

En otro caso, fuimos a un establecimiento de dimensiones novelescas. No recuerdo con claridad el nombre, pero era algo así como “Paradise” o “Éxtasis”. En un gran salón con luces sugerentes había una gradería donde las chicas estaban en oferta, como mercadería en exposición. Pudimos recorrer un laberinto de piezas y pasillos que para nada coincidían con los planos presentados para su habilitación. Algunas habitaciones estaban separadas entre sí por un delgado tabique de madera que ni siquiera llegaba al techo. En caso de incendio, solo la Divina Providencia permitiría que alguien saliera con vida. Una habitación, a la que pude entrar, estaba provista de una cama con colchón (¿Sábanas? No, en realidad no hacen falta…) y un tachito para lo que fuera necesario… En mi informe consigné la ausencia de libretas sanitarias de al menos quince alternadoras que, en ropa íntima, recibían a los clientes; que había un número no determinado de otras señoritas trabajando, pero que en el momento se encontraban en las habitaciones con clientes. Por lo anterior y una serie de otras falencias técnicas desaprobé su habilitación. Para mayor claridad –con la experiencia del caso anterior– expresé que aconsejaba su clausura inmediata. Por más que mis expresiones fuesen algo eufemísticas, dejaban muy en claro el tipo de actividades que allí se ejercían.

Desde luego, el informe previo de Inspección General era ampliamente favorable a su habilitación.

No tuve oficialmente más noticias del caso. No obstante, como en los pueblos chicos se sabe todo, yo estaba al tanto de que seguía funcionando normalmente. 

Unos años más tarde, un canal de TV hizo una investigación periodística acerca de organizaciones mafiosas de prostitución que tenían su base de operaciones en un populoso municipio cercano y “sucursal” en Nuestro Municipio. Se pudo constatar que tenían reducidas a servidumbre a varias chicas, entre ellas a menores, provenientes en su mayoría de Paraguay. No necesito explicar que la sucursal mencionada era el establecimiento a que hice mención. 

Ante el revuelo público que ello produjo y apoyados en mi informe (¡de cuatro años atrás!) las autoridades dictaron la inmediata clausura del establecimiento. Se mandó una gacetilla de prensa titulada: “Nuestro Municipio no avala la prostitución” cuyo contenido ni siquiera vale la pena recordar. Reitero, cuatro años durmió el expediente en la Secretaría de Gobierno según pude verlo al estar a cargo de la cuestión administrativa de la clausura. A los pocos días, las fojas que delataban tal “descuido” habían sido prolijamente sustituidas dejando borradas las huellas de tan injustificable demora.

Cosas que pasan en estas latitudes… 

-o-o-o-o-o-o-o-o-

(1) Por si alguien no lo sabe: un volteadero es un prostíbulo.

(2) Por si alguien no lo sabe: culear quiere decir… Bueno, ¡hagan un esfuerzo de imaginación!

(3) Por si alguien no lo sabe: Pa’ la gilada quiere decir algo así como pour la galerie, para la tribuna o para salvar las apariencias…


martes, 7 de diciembre de 2021

Lecturas

Historia de la conquista del Perú.  De William Prescott 

Con la historia de la conquista del Perú, nuevamente sorprende este autor. Obra más lograda, a mi entender, y más entretenida que la referida a la conquista de México, nos da una idea no solo de los hechos estratégicos y bélicos que se pueden leer en cualquier libro de historia, sino también de las vicisitudes y penalidades increíbles que tuvieron que soportar los primeros conquistadores. La inmensa y variable geografía y climatología de ese impresionante imperio que era el de los Incas, fueron obstáculos si se quiere más formidables para la gesta de la conquista y posterior colonización que la resistencia que los incas pudieron ofrecerles.

La obra comienza, al igual que en la de México, con una semblanza de la civilización andina que es absolutamente fascinante. Vemos el perfecto mecanismo, podríamos decir de relojería, con que se manejaba la sociedad incaica. Todo estaba absolutamente reglamentado hasta detalles increíbles. Y, así como lograron algo absolutamente inédito en cualquier tiempo y espacio geográfico que es el hambre cero, también la libertad individual era cero. Cada individuo debía permanecer en la aldea donde nació y debía hacer lo que se le mandaba cada día de su vida. Los impuestos o tributos se pagaban con trabajo, ya que no existía la moneda. Primero se cultivaba la tierra del gobierno (ejércitos, sacerdotes y nobles), luego la de los ancianos de la aldea y los incapacitados y finalmente la tierra propia. A su vez, el producto de su trabajo era administrado por los funcionarios locales, de modo que se pudiera intercambiar parte del mismo por productos provenientes de otras regiones del vasto imperio. Y este control gubernamental llegaba a las cuestiones más íntimas de la vida de sus súbditos. Se trataba de un “suave despotismo”.

Las extraordinarias reglamentaciones con respecto al matrimonio bajo el reinado de los incas son sumamente características del talante del gobierno, que lejos de limitarse a asuntos de interés público, se introducía en los recovecos más privados de la vida familiar, no permitiendo a ningún hombre, por muy humilde que fuera, actuar por sí mismo, incluso en aquellas cuestiones personales en las que nadie excepto él o su familia como mucho, se supone que deberían estar interesados. No había peruano que fuera demasiado bajo para el amparo vigilante del gobierno. Nadie se encontraba tan alto como para que la dependencia de cada acto de su vida pasara desapercibida. Su misma existencia como individuo era absorbida dentro de la comunidad. Sus esperanzas y sus miedos, sus alegrías y sus penas, la más tierna compasión de su naturaleza, que normalmente quedarían fuera de la vigilancia, estaban todas reguladas por la ley. No se le permitía siquiera ser feliz a su propia manera. El gobierno de los incas era el más suave, pero el más escrutador de los despotismos. 

[El gobierno] «mostraba constantemente el interés afectuoso de unos padres con sus hijos, sin embargo los contemplaba solo como niños que nunca debían salir del estado de pupilaje para actuar y pensar por sí mismos, sino que todos sus deberes terminaban en la obligación de la obediencia ciega. 

A diferencia de lo ocurrido en México con Cortés, que aprovechó el descontento de las tribus sometidas por los aztecas con tremendas exacciones (que no eran solo en especies sino en vidas humanas para sacrificar a sus sanguinarios dioses), en Perú Pizarro pudo conquistar este bien ordenado imperio por la fortuita (y afortunada para los españoles) circunstancia de que estaba atravesando una inédita guerra interna por la sucesión al trono entre dos hijos de un gran Inca que fue Huayna Capac. Dos de sus hijos, Huáscar y Atahualpa, se disputaban por entonces la legitimidad de sus derechos sucesorios. Esto motivó que sus fuerzas estuvieran divididas y sus preocupaciones también.

El autor explora (y conjetura, desde luego) en las personalidades, propósitos, anhelos y ambiciones de muchos de los personajes, tanto españoles como indígenas. Sus reflexiones son sumamente interesantes al mostrarnos ciertos aspectos que no abundan en libros de historia más ortodoxos. 

Locos de Dios.  De Santiago Kovadloff 

El autor resalta la imagen de los profetas del antiguo testamento como críticos de las clases dominantes en Israel, por apartarse de la doctrina o la ley revelada al pueblo judío. Y compara ese mensaje con los de algunos personajes de la historia, como ser Jesús, Pablo de Tarso, Maquiavello, Camus o Mandela. Todos ellos, por convicción propia o por revelación divina, supieron enfrentar (de palabra aunque en casos, arriesgando el pellejo y aún perdiéndolo) al poder de turno. La prédica era de denuncia, sin pretender una rebelión ni la toma del poder, sino la toma de conciencia del pueblo o al menos de sus dirigentes. En esto, Mandela es una clara excepción ya que dio un paso más allá  de ese ideal: lo concretó. 

También dice que en Mandela, 

...el moralista y el hombre de acción se conjugan en él. [...] Pero, a diferencia del pueblo judío, que en su hora desoyó al profeta, el pueblo de Mandela escuchó a su líder. Y entonces lo imposible ocurrió. [...] Mandela decepcionó a los violentos. Desconcertó a los racistas que creían adivinar su desprecio. Pocos comprendieron, en el momento de su liberación, en qué había transformado aquel hombre su dolor. Pocos sabían que había extirpado el odio de su entendimiento.

Por su parte, cuando habla de Camus, nos relata la increíble capacidad que tuvo de comprender que la violencia siempre existirá, que el odio y la corrupción también; pero eso no es obstáculo, sino más bien aliciente, para denunciarlos y enfrentarlos. Intentar erradicar esos males es no comprender el alma humana. 

El libro es muy profundo en sus reflexiones sumamente abstractas; tanto lo es que vale la pena su lectura.

La invención de la Argentina.  De Nicolás Shumway 

La reciente lectura de este valioso libro me llevó a hacer una serie de reflexiones acerca de nuestro país.

El autor, oriundo de USA, es un apasionado de la historia argentina. Desarrolla en este ensayo una revisión de las ideas que recurrentemente sostiene nuestra clase política. «Ficciones orientadoras» es la forma como las llama. Lo que es notable, para el autor, es no solo la recurrencia sino más bien la falta de una idea que aglutine al conjunto de los argentinos o, al menos, a una mayoría importante. Algunas ideas que no se discutan y tras las cuales se encolumne el grueso de nuestros esfuerzos. Por el contrario, ya desde el principio (25 de mayo de 1810) las distintas percepciones de lo que debería ser el país, fueron irreconciliables, y los partidarios de cada bando jamás, o con rarísimas excepciones, pensaron en oír o analizar las razones del contrario y muchísimo menos acordar con él. 

Estuvo en la mente de muchos dirigentes del siglo XIX el exterminio del bando contrario; a su turno, los perseguidos, que pudieron ser los unitarios, los federales o los indios, también tenían como objetivo la eliminación de su anterior perseguidor. Hubo formas más sofisticadas, como el fraude, la proscripción, los ataques a la prensa crítica –con censura lisa y llana, aprietes, asfixia económica–, desafuero y encarcelamiento de legisladores opositores, etc. 

Podríamos decir que nuestros dirigentes se caracterizaron por el poco apego a las costumbres republicanas; cuando se accedía al gobierno, se pretendía el poder absoluto y para ello no se dudó en recurrir al fraude o a golpes de estado. Y a ello no escapan muchos de los que luego se declararon campeones de la democracia.

En este sentido, el autor nos transcribe una anécdota (no es literal, sino lo que recuerdo de ella): Estaba Lucio V. Mansilla leyendo El contrato Social y su padre, Lucio N., le dice: «Cuando se es sobrino de Rosas, no se lee este libro si se quiere seguir viviendo en el país». Toda una definición del clima de la época. 

Cita una frase que atribuye a Guido Spano: «Por muy malo que haya sido el gobierno de Rosas, los liberales, en su rigidez fanática, empeoraron las cosas». Y luego el autor reflexiona que Los “liberales” argentinos (Mitre), no dudaron en perseguir opositores, silenciar la prensa crítica, y eliminar a los caudillos» (tampoco es cita literal). Estos liberales, según el autor, reemplazaron caudillos de poncho por caudillos de frac; caudillos semibárbaros por caudillos semicultos. 

La concepción maniquea de la realidad, el absolutismo de creerse dueños de la Verdad Única –que en Sarmiento se expresa claramente como “civilización y barbarie”– llevó a la absoluta incomprensión de las verdades, siempre relativas, que pudieran expresar los adversarios, que siempre se vieron más bien como enemigos. 

¿Cuántas veces, en la historia reciente que hemos visto violar la Constitución “para defenderla”? 

¿Cuántas veces se recurrió a la eliminación del adversario, pensando que se terminaba con su causa? Desde Dorrego a Peñaloza o los desaparecidos de la “Guerra sucia”. ¿Se terminó con ello al bando contrario? 

El epílogo tiene reflexiones realmente jugosas de cómo nos ve un extranjero:

Epílogo (Fragmentos)

[...] Viajé a la Argentina por primera vez en 1975, [donde] tenía la intención de entrevistar a Borges y buscar documentos para mi tesis doctoral. [...] Mis primeros contactos con el país se mostraron severos críticos del peronismo, del caos político y económico de Isabel, y del "nazi-onalismo". También eran modelos de cosmopolitismo, cortesía y estilo, versados en ópera, arte, literatura, lingüística chomskiana, psicoanálisis lacaniano, cine europeo y todos los demás temas requeridos para ser "culto". [...] Estos argentinos se mostraron asimismo extraordinariamente hospitalarios para conmigo, así como indulgentes con el "primitivismo cultural" que los argentinos cultos suelen encontrar en los norteamericanos. Jamás me olvidaré de la ocasión en la cual fui presentado por un amigo argentino como "norteamericano pero culto". Con el tiempo, conocí a argentinos que reflejaban perspectivas muy distintas. Uno de ellos fue la mujer que hacía la limpieza de mi departamento, y que al cabo de varias conversaciones me dijo que yo nunca entendería a la Argentina hablando con Borges. [...] Aunque criticaba a Isabel, era leal al recuerdo de Perón: para ella seguía siendo el hombre que representó al pueblo humilde, el que puso en su lugar a la oligarquía antiargentina, el que defendió la soberanía nacional contra el capitalismo extranjero, el que hizo sentir a gusto en su papel a los trabajadores, el que salvaguardó las tradiciones católicas del país, y protegió a la familia. [...] También conocí a otros peronistas: izquierdistas que insistían en que Perón había sido un revolucionario con un idioma diferente; intelectuales que admitían los defectos de Perón, pero aun así insistían en que el peronismo era la única alternativa a los "vendepatria" liberales; historiadores peronistas que me hicieron oír por primera vez términos como "Historia Oficial" o "historia falsificada"; nacionalistas que se identificaban como "rosistas" y llamaban a sus enemigos "sarmientistas", aunque Rosas y Sarmiento descansaban en sus tumbas hacía muchos años; y un temible fanático antisemita para quien la Argentina era el último bastión de la cristiandad y que afirmaba que sólo eliminando a los subversivos antiargentinos (incluidos los curas tercermundistas) el país podría reclamar su puesto de primera línea entre las naciones. Las divisiones que estaba observando, y por supuesto comprendiendo sólo a medías, se me hicieron particularmente notorias en una de las experiencias más incómodas de mi vida. Antes de volver a los Estados Unidos, di una fiesta a la que invité a algunos de los que me habían ayudado en mi investigación. Con mi falta de experiencia, no tomé en cuenta el color político de mis invitados, por lo cual vinieron mezclados liberales y nacionalistas, cosmopolitas y populistas, sarmientistas y rosistas. No bien había empezado la fiesta, varios de mis invitados se trenzaron en acaloradas discusiones. Los liberales hablaban de la declinación nacional según las tasas de crecimiento económico, de inflación, salarios reales, productividad, producto bruto, problemas sociales, etc., todo lo cual me resultaba perfectamente comprensible en tanto soy una persona educada en los marcos del liberalismo. Los nacionalistas, en contraste, hablaban un idioma desconocido, con frases corno "el ser argentino" y "el pensamiento nacional". Según ellos, la necesidad más urgente del país era un presidente auténticamente argentino que pudiera resistir a las influencias externas y captar la voluntad genuina del pueblo más allá de las convenciones electorales burguesas. Por más esfuerzos que hice, no pude entender de qué estaban hablando, cosa que ellos atribuyeron al simple hecho de que yo no era argentino, explicación que también aplicaban a cualquiera que cuestionara sus presupuestos, no sólo a extranjeros. Pero lo que más me impresionó fue su retórica. Mis invitados hablaban lenguas distintas, que se remitían a ficciones orientadoras radicalmente diferentes. El consenso, o siquiera una apreciación del punto de vista ajeno, era imposible. Desde esa primera visita, he vuelto a la Argentina muchas veces y dedicado gran parte de mi vida profesional a estudiar la historia y la literatura argentinas. [...] sigue asombrándome hasta qué punto la Argentina moderna sigue en diálogo con su pasado, cómo los ecos de debates del siglo XIX siguen resonando en prácticamente toda discusión que tengan los argentinos sobre sí mismos y su país, cómo los fantasmas retóricos de Moreno, Hidalgo, Rivadavia, Sarmiento, Alberdi, Mitre, Andrade y Hernández siguen habitando el país. Estos fantasmas sobreviven quizás porque la Argentina nunca se puso de acuerdo respecto de sus ficciones orientadoras. La Argentina es una casa dividida contra sí misma, y lo ha sido al menos desde que Moreno se enfrentó a Saavedra. [...] En el mejor de los casos, las divisiones argentinas llevan a una impasse letárgica en la que nadie sufre demasiado; en el peor, la rivalidad, sospechas y odios de un grupo por el otro, cada uno con su idea distinta de la historia, la identidad y el destino, llevan a baños de sangre como las guerras civiles del siglo pasado o la "guerra sucia" de fines de la década de 1970. Si bien las crisis recurrentes del país tienen, obviamente, muchas causas y explicaciones, no puedo evitar el sentimiento de que los mitos divergentes de la nacionalidad legados por los hombres que inventaron la Argentina siguen siendo un factor en la búsqueda frustrada de la realización nacional. 



domingo, 17 de mayo de 2020

Pino Hachado

Por Marta Tomihisa

Hace unos años ya, fui invitada a conocer Horses and Huskies, un refugio de montaña ubicado en la localidad patagónica de Pino Hachado, en la provincia de Neuquén a pocos kilómetros del límite con Chile.
Una querida amiga me hizo esta invitación, porque era la tía de Hernán Alejandro Cipriani, el dueño de este sitio, a quien yo ya conocía desde su niñez.
Ella me aseguró con verdadero entusiasmo, que sería una experiencia digna de recordar. Como verán, no se equivocó en absoluto…
Este hospedaje se halla a unos 300 km de la capital neuquina, por un sendero sinuoso de una zona despoblada con profundos desniveles, subiendo una cuesta agreste, circundado por las fabulosas cumbres de nuestra cordillera. Viajamos en un auto alquilado y llegamos a media mañana, siendo recibidos por su dueño, quien con absoluta calidez nos abrió la tranquera seguido por sus perros. Hernán es un hombre de mediana estatura, contextura musculosa, ojos transparentes, cabello aclarado por el sol y voz exultante de entusiasmo cuando se trata de describir ese entorno, su hogar, del que es su hacedor…  
Luego de los saludos pertinentes, entramos a la cabaña principal, su obra maestra, en donde nos hospedaríamos. Aunque ya había construido otra más pequeña en el predio, en la que suele alojar a los escasos turistas que deambulan hacia la cordillera. Pero como nosotros éramos invitados por el dueño de casa, tuvimos la oportunidad de residir en esa fabulosa cabaña, en la que Hernán vive con su familia.
Sin lujos, pero con absoluta originalidad, se yergue en sus dos pisos con paneles de madera que dividen los ambientes, pieles de ovejas sobre los bancos hechos de troncos, ventanales generosos que permiten admirar el fabuloso entorno montañoso y dejan que el sol entibie, iluminando esa espaciosa sala de estar,
junto a la estufa de leña. En la planta alta se hallan los dormitorios. Se abastece con el agua del deshielo, con un caño emplazado en el ascenso rocoso que baja desde la montaña hacia la cabaña, con la que puede cocinar y utilizar sus sanitarios. Los baños construidos con tanta originalidad, que no me había percatado de que sus lavatorios eran baldes de albañil…
Luego de recorrer el lugar, gratamente sorprendidos, nos enteramos de que Hernán además ha construido con sus habilidosas manos, trineos para pasear sobre la nieve tirados por sus perros, lo cual es otra alternativa original que los turistas pueden disfrutar…
Por la noche, nos sentamos a conversar con el hacedor de esta maravilla, mientras contemplábamos un cielo tan azul y estrellado, como jamás pude imaginar. Recordó que años atrás, había decidido dejar el conurbano bonaerense para abrirse paso en este recóndito sitio de la tierra. Llegó con una carpa, luego de tener una charla con la administración neuquina, quien accedió a que se instalara aquí a cambio de crear una oferta hotelera, que pudiera servir de refugio a los viajantes que pasan rumbo a Chile y viceversa.
  Fueron muy duros esos primeros tiempos, mientras construía esta cabaña con sus propias manos, durmiendo en una carpa y soportando nieve y viento en un clima bajo cero. Recién cuando la terminó, trajo a su familia, mujer y dos hijos varones.
 Su fuerza de voluntad, su pasión inquebrantable por este paraje en absoluta soledad, pudieron más que las inclemencias del tiempo, avivaron su entusiasmo como una llama prendida, que da calor y alienta la vida…
Recuerda que una noche, salió a contemplar el cielo plagado de estrellas, de
intensa luminosidad como ya no se divisan en ninguna ciudad y vio un par de ojitos brillantes que se asomaban entre las penumbras y supo que no estaba tan solo…Algunos zorritos curiosos habían venido a acompañarlo, asombrados por este pacífico ser humano, quien subsistía con tanto respeto, en este espacio singular impregnado de tanta majestuosidad.
Fue quizás en ese instante, cuando Hernán comprendió que aquí estaba todo lo 
que anhelaba hallar, para convertir definitivamente sus sueños en realidad…
Solo permanecimos un par de días, compartiendo la mesa, entre mates y deliciosas tortas fritas hechas por el dueño de casa. Mientras contemplamos la nieve cubriendo las montañas, escuchábamos de vez en cuando el graznido de un ave de paso irrumpiendo el silencio, volando bajo sobre la armonía que la naturaleza le permite disfrutar en toda su inmensidad, hacia la imponente cadena montañosa y nevada de los Andes…
Al dejar ese refugio de montaña, tuve la sensación de haber estado muy cerca del cielo, en ese extremo del territorio en donde solo se puede oír el canto de un pájaro o el sonido del agua, cayendo por la montaña para irrumpir en el silencio y exaltar lo que la naturaleza resguarda, cuando realmente somos capaces de habitar un remanso en paz…
Pino Hachado ha sido una prueba exclusiva para mis neuronas, que intentan descifrar ese desafío del ser humano, que un día se atrevió a irrumpir en un sitio tan exclusivo del planeta, para sobrevivir y merecer esa oportunidad, en donde le ha sido posible convertir su extraordinario sueño en realidad…
Hernán Alejandro Cipriani sigue viviendo allí; a quienes han leído esta nota los invito a conocerlo, para que durante los días que compartan con él sean dignos
de descubrir tantas maravillas, mientras disfrutan del privilegio de respirar aire puro, en pleno Paraíso…

martes, 12 de mayo de 2020

Experiencia secundaria

Relato por Marta Tomihisa

Asistí a la enseñanza secundaria en la Escuela Normal mixta “José Gervasio Artigas”, de mi ciudad de San Fernando.
Tengo recuerdos imborrables de esa época, sobre todo de los profesores que dictaban las materias, de los que conservo algunas anécdotas que me invitan a reflexionar sobre la condición humana, civilizada…

En mi materia favorita, a la cual llamábamos “Castellano” (ahora le dicen Lengua), destaco el carácter amable del propio director del colegio, el señor Vicini, quien dictaba esa materia con una dicción fabulosa y un entusiasmo que incentivaban aún más mi interés por cada una de sus clases.
Cierta vez que debíamos escribir una “composición” sobre algún recuerdo que nos hubiera emocionado, yo redacté un episodio ocurrido en mi casa…
Obtuve la mejor nota, pero él al entregarme mi hoja de examen dijo con voz grave pero amable: “Señorita, Ud. me hace trampa, porque sus historias son tan interesantes que me olvido de corregir la gramática…”
Todos rieron ante este comentario y yo simplemente enrojecí, aunque me sentí muy halagada por sus tiernas palabras…
Realmente, mis notas en esa materia, eran excelentes, porque al igual que hoy me encantaba escribir y contar, lo que experimentaba a través de esa materia tan privilegiada que me lo permitía, lo que aún disfruto con mucho placer…

Pero, de la numerosa lista de docentes, con sus personalidades diversas y sus dones, pero también con sus prejuicios, todavía conservo en mi memoria, algunos anécdotas que vuelvo a revivir con cierta desazón…
Traigo de mis recuerdos, al profesor de contabilidad, el Sr. Díaz, un hombre que se presentó como tal casi al final del mes de inicio escolar, ya que ocupaba el cargo del titular que se hallaba ausente por problemas personales.
Por lo que supimos, él también dictaba clases en el otro 1er año, ubicado en el primer piso del colegio. Era un hombre bajito (casi de mi estatura), con un buen jopo engominado, luciendo una corbata multicolor, que recorrió el aula mirándonos con mucha atención…
Luego tomó la lista de alumnos y después de recorrerla atentamente, con voz contundente llamó al frente…
–“¡Takaichi”!
No había en el aula ninguna persona con ese apellido, aunque era indudable que el profesor dirigía su mirada hacia mí…
Repitió ese nombre…
Luego, me hizo un gesto con la mano y reiteró:
–“Takaichi pase al frente!”
Yo sentí mucha incomodidad, porque aunque era obvio que se dirigía a mí, me negaba a convalidar ese error o descuido que sin duda cometía…
De pronto, uno de mis compañeros, de esos chicos que no se callan nunca, le reclamó:
“Señor: aquí no hay nadie con ese apellido, ‘ella’ (dijo señalándome) no se llama así…”
El profesor lo miró, hizo una mueca risueña y respondió:
-“Pero, si son todos parecidos, ¿no?”
Mi compañero no se amedrantó y respondió:
-“¿A Ud. le gustaría que lo llamen por otro nombre?”
El profesor entonces, hizo un gesto de fastidio y extendiendo su mano hacia mí, solo replicó:
–“¡Pase!”
Luego pude enterarme de que el Sr Díaz, dictaba clases en otra aula en la que también había una chica descendencia oriental, aunque jamás supe si con ella también cometía el mismo error…
Mientras ese profesor dictó clases, jamás pronunció mi apellido, aunque tampoco volvió a llamarme por otro nombre, solo movía su mano y señalándome con el dedo, decía con cierta animosidad:
–“¡Pase!”
Al menos no me adjudicaba otro apellido, por lo que acepté con pasividad mi anonimato, a pesar de los reclamos de mis compañeros, que insistían en que debía reclamarle por esto…
Por supuesto jamás le dije nada, temiendo padecer las consecuencias en mis notas…

Pero no puedo volver a los recuerdos de esa etapa escolar, sin traer a mi memoria al extraño profesor de física…
El Sr Lenzi, quien irrumpió en el aula en su primera clase y sin darnos tiempo siquiera para saludarlo como se habituaba en esa época, se acercó a mí y en tono desafiante con su brazo extendido y su dedo índice señalando mi pecho, me preguntó:
–Srta., ¿Ud. es católica…?
Debo aclarar, a quienes no me conocen que mis rasgos asiáticos me destacaban entre el alumnado y que además por descuido, había dejado colgado de mi cuello un crucifijo regalo de mi madre.
Ante tan inesperada pregunta sólo atiné a balbucear la respuesta, que por supuesto era un tímido:
–Sí…
Confieso con absoluta sinceridad, que nunca supe lo que significaba “ser católico” además de ser sometida por vía materna, a los absurdos ritos establecidos por la iglesia…
Luego él, sin decir una palabra más, se alejó de mi lado y procedió a escribir un ejercicio en el pizarrón dando inicio a la clase, sin mencionar más el tema.
Durante su estadía en el salón, jamás volvió a mirarme como si el incidente en cuestión no hubiera ocurrido nunca. Aunque un instante antes de retirarse, parado junto al escritorio, fijó nuevamente sus ojos en mi persona y sin decir palabra se retiró del aula…
Entiendo que mi aspecto físico, por mi ascendencia oriental, debe haber confundido al profesor para interpelarme tan sorpresivamente.
De todas maneras, después de ese suceso, no pude evitar la sensación de sentirme siempre observada durante sus clases, al verlo pendiente de mis movimientos, con una actitud tan inquisidora que realmente me incomodaba…
Era un hombre de mediana edad, corpulento, de tez muy pálida, cabellos negros entrecanos y grandes ojos oscuros, de invariable traje negro y corbata gris, que caminaba un poco encorvado.
No parecía socializar con otros profesores, como solía ocurrir con los demás.
Como sucede con las personas extrañas, se contaban de él anécdotas insólitas. Decían que tocaba el órgano en una iglesia cercana y solía hacerlo por las noches, hasta la madrugada….
Lo único que yo sé, es que cada vez que él llegaba para dictar su clase, me llenaba de temor y me costaba bastante concentrarme.
Y por supuesto ese profesor, me reprobó en su materia…
Unos años después, mis hermanas y yo volvíamos de un velorio en un remise, casi a la medianoche, cuando al pasar por la iglesia de mi pueblo alcancé a ver entre las penumbras, una figura bajando las escaleras con ese paso tan lento y taciturno, por el que me pareció reconocer al profesor…
Esa fue la última vez que lo vi, aunque después de tanto tiempo me invaden las dudas y creo que solo fue fruto de mi imaginación…
Pero reconozco, que luego me costó dormirme, porque en las sombras de mi  dormitorio lo veía nuevamente caminando hacia mí, con su brazo extendido señalándome con el dedo, ¡como en la Inquisición…!

Debo admitir que mis padres cultivaron en mí una considerable paciencia, para aceptar los incidentes que he narrado…
Ellos han sido siempre mi fuente de inspiración, para guiarme por la vida, estableciendo en mi conducta un absoluto respeto por todos los maestros, para agradecer infinitamente ese regalo de sabiduría, que desde su conocimiento compartirían con quienes teníamos el privilegio de estudiar…
Pero somos seres humanos, imperfectos y cotidianos, respirando juntos en este planeta, portando cualidades y defectos en nuestros genes, por los que cada día debemos proponernos mirar hacia arriba, para aprender a brillar…     

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