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miércoles, 26 de octubre de 2022

Náufrago inesperado

Yo acababa de terminar la primaria, portando orgullosa la bandera de mi patria, aunque en realidad solo fui escolta porque el peso de la susodicha no me permitía sostenerla con elegancia… Tuve que relegar semejante honor en un compañero de banco, también buen alumno, aunque menos destacado en el arte de contar, cualidad que en mí se ha desplegado con absoluta intensidad…

Luego, fui premiada con un viaje a Mar del Plata, junto a dos de mis hermanas, Isabel e Irma, adolescentes y responsables de guiarme sana y salva, hasta la casa de Dora, la mayor de la familia y ya casada que llevaba adelante con mucho entusiasmo, un próspero negocio de tintorería, el cual se había activado como una interesante salida laboral para la gente de la colectividad nipona.

Luego de llegar, casi al mediodía de un día nublado, en el que una lluvia ligera opacaba la asistencia al balneario de los innumerables turistas que ya invadían la ciudad, nosotras tres nos fuimos a la playa.

Aún había nubes en el cielo, el viento soplaba con cierta intensidad, lo cual había provocado un notable descenso de temperatura que desalentaba a quienes aún se atrevían a caminar por la rambla. Pero nosotras, jóvenes y empecinadas, recorrimos la orilla y hasta nos mojábamos los pies, aunque ahí terminaba nuestra audacia, porque el agua estaba bastante fría.

Yo caminaba adelante, juntando piedras para luego arrojarlas al mar, hasta que, en un risco, me pareció ver una gaviota escondida y allí fui a comprobarlo…

Pero no era una gaviota, era un pingüino…

También yo me sorprendí bastante al hallarlo, porque este tipo de ave al que solo había podido contemplar en el zoológico, no había sido visto en ninguna playa de esta ciudad…


Mis hermanas se unieron a mí de inmediato, todas coincidimos en que algo le había ocurrido a este animal, para que estuviera detenido en este lugar y tan quieto… Me acerqué y él solo hizo un leve movimiento con su cabeza, pero no retrocedió y ni siquiera intentó alejarse de nosotras…

Entonces, descubrimos que tenía una herida sangrante en su pata derecha, cubierta de arena, en la que exhibía un corte profundo hacia arriba…

El animal emitió un graznido, pero no se movió del sitio, entonces yo extendí mi mano y lo toqué con mucha cautela, a lo cual él respondió con una mirada asustadiza, pero sin moverse del lugar en donde se hallaba…

Comprendimos de inmediato, que le dificultaba bastante caminar, por lo que en un impulso acaricié con suavidad su húmeda cabeza, para luego levantarlo con mucha delicadeza…

¿Pero, a dónde iríamos con él?

Improvisando un sostén con mi remera, lo puse junto a mi pecho y él ni siquiera se movió, solo sentí que su cuerpo húmedo, temblaba un poco…

Por supuesto, lo llevamos a la tintorería y las tres coincidimos en que la pileta en el que se sumergía la ropa antes de ser lavada, era el lugar adecuado para que él permaneciera hasta que su herida se curara.



No queríamos contarle de inmediato a mi hermana mayor, porque temíamos que no nos permitiera tenerlo…

Pero luego de pensarlo un poco, coincidimos en que sería mejor que ella lo supiera, esperando que nos permitiera conservarlo hasta su recuperación.

Y así fue. Aunque ella no podía creer que habíamos hallado, nada más y nada menos que un pingüino en esa playa, aceptó que lo conserváramos hasta que sanara. Fue un huésped mimado y atendido con esmero, traíamos para él, cornalitos y otros peces pequeños que devoraba con verdadero entusiasmo.

Además, ya caminaba con más agilidad, aunque seguía rengueando, recorriendo la tabla que habíamos puesto en el borde de la pileta.

Pero su destreza era nadar, esperando los obsequios que le llevábamos para su deleite, peces y hasta una manzana que cortamos en trozos y él engulló con bastante voracidad…

Los meses pasaron, su herida mejoró notablemente y casi se desplazaba con normalidad, así que mi hermana mayor insinuó que ya debíamos llevar al pingüino, nuevamente al mar…

Era una decisión difícil, porque nos habíamos acostumbrado a él, luego de esta larga estadía. Aún así, comprendimos que eso era lo mejor, para que pudiera regresar con su familia y continuar con su vida…

Después de una lluvia ligera, una tarde de ese incipiente otoño decidimos llevar a nuestro huésped a la playa, al mismo sitio en donde lo habíamos hallado, para que se orientara hacia su destino.

Elegimos un día nublado y fresco, tratando de evitar que hubiera otras personas observando la situación. Fuimos las tres, para despedirnos y desearle buena suerte, en su largo viaje de regreso…

Apenas lo depositamos en la playa, caminó entusiasmado hacia el agua, hasta que de pronto, giró la cabeza y nos miró fugazmente…

Un graznido agudo nos indicó, que este era su adiós…

Nos quedamos observándolo, hasta que se sumergió en el intenso oleaje que envolvió su pequeña figura, internándose por completo en el agua, hasta que no lo vimos más…

Finalmente retornaba a través del mar, hacia ese mundo tan anhelado, que se llama hogar…

miércoles, 31 de agosto de 2022

Golondrinas (Relato por Marta Tomihisa)


 

La puerta se cerraba a las 20 hs. en punto.

No importaba la estación del año, pues ni siquiera en verano, cuando los días se alargaban notablemente, permanecía abierta.

La hermana mayor, era la elegida perfecta para realizar el cerramiento...

Introducía con firmeza, la pesada llave en el hueco oscuro de la cerradura y daba dos vueltas contundentes que crujían, dentro del espacio de hierro, cumpliendo su tarea…

Jamás se detenía a mirar por los visillos, a la gente que caminaba por la vereda, ni sentía la fragancia del aromo cubierto de flores amarillas, que perfumaba la calle…

En ciertas oportunidades, la hermana menor la acompañaba hasta el zaguán, pero como ella era tan celosa de esta tarea encomendada por el padre, siempre prefería hacerlo sola.

Cuando volvía de esa tarea rutinaria, siempre tenía una expresión disimuladamente perversa, sentía que le había puesto un cerrojo a la libertad con todas sus tentaciones…

Inmediatamente la madre servía la cena. Entonces el padre, comentaba algún suceso interesante o aprovechaba para indicar algo referente a los modales, que a su entender debía corregirse.

Así concluían esas cenas, toda la familia, sentada a la mesa y en silencio…

Cuanto más disciplinado era ese momento, más satisfecho parecía estar el hombre de la casa...

Luego se retiraba a la sala para leer algún libro, bajo la luz de la lámpara de pie. Las mujeres se encargaban de ordenar la mesa y limpiar la cocina. Después iban a sus dormitorios, a tejer, a bordar o a charlar un rato.

Ella, que era la menor de la casa, tan solo deseaba leer, pero los libros que ya poseían, eran demasiado aburridos y además ya los había leído todos…

Así que recostada en la cama, dejaba fluir los pensamientos, su alocada imaginación la transportaba en absoluta libertad, a donde se le diera la gana. Esa era una sensación demasiado intensa, para sus jóvenes años.

Cuando cerraba los ojos, siempre trasponía aquella poderosa puerta y caminaba presurosa por la vereda, hasta llegar a la plaza…

Allí, se sentaba en un banco y leía, bajo un cielo generoso de luz y tibieza, oyendo a los gorriones volar de árbol en árbol, gozando de la libertad…

La puerta, además, cedía con facilidad y ni siquiera se oía la vieja bisagra quejándose, de tan tediosa rutina. Abierta de par en par dejaba entrar la luz a raudales, impregnándolo todo de movimiento y color…

Algunas veces también se sentía bella, se imaginaba luciendo su mejor vestido, con el cabello suelto y los labios pintados, enmarcando una sonrisa de intenso placer rumbo a la libertad…


Llovía torrencialmente esa tarde de otoño, cuando ella volvió del colegio como siempre acompañada por su hermana mayor. Entraron empapadas y corrieron a cambiarse la ropa. Traía algo entre sus útiles, que deseaba proteger a toda costa. 

Su madre le había obsequiado para su cumpleaños, “Rimas y leyendas” de Gustavo Adolfo Becquer.

En el recreo, leyó con entusiasmo algunos párrafos que le encantaron… 

Después de la cena intentó leer un poco más, pero estaba demasiado cansada. Una tos persistente la mantuvo despierta, durante casi toda la noche…

 A la mañana siguiente despertó afiebrada, el sudor humedecía su ropa, aunque la temperatura ambiente había descendido. Sintió que el cuerpo le dolía cuando quiso incorporarse, estaba un poco mareada…

La madre entró en el cuarto, sorprendida de no verla levantada todavía.

Al observar su semblante, supo que algo no estaba bien…

Luego trajo una palangana con agua y sumergió unos trapos, que humedecidos puso sobre su frente.

Por la tarde vino el médico de la familia, después de revisarla se retiró de la habitación y estuvo hablando en tono bajo con el padre.

Tenía neumonía y la fiebre no cedía…

A pesar de todo, ella extendió la mano y buscó debajo de la almohada el libro que había guardado celosamente, lo abrió en cualquier página:

“Volverán las oscuras golondrinas, en tu balcón sus nidos a colgar…”

Pero no pudo seguir leyendo, los párpados le pesaban y cerraban sus ojos.

Sumida en un profundo sopor, se adormeció suavemente…  

En medio de esas tinieblas febriles, descubría una caja sobre su mesa de noche, en cuyo interior hallaba la llave de la puerta. Entonces corría por el zaguán hacia la calle, pero al llegar a la entrada comprobaba angustiada que la llave ya no estaba, había desaparecido…

Entonces se desvanecía, nunca podía salir del encierro, ni siquiera pisar la vereda…

Los días pasaron, lentamente se fue recuperando, la fiebre bajó y ya no dormía tanto, las pesadillas también cesaron…

¿Cuánto tiempo había pasado, desde aquel lluvioso atardecer otoñal?

Una mañana luminosa, se sentó en la cama y comprobó con satisfacción que su frente ya no estaba húmeda…

Su hermana mayor vino a traerle el desayuno, le complació verla mejor.

Un rato después mientras retiraba la bandeja, la observó con una mirada inquisidora y preguntó…

–¿Este libro es tuyo?

Era el libro de poesías de Becquer. 

Con un movimiento de cabeza asintió sorprendida, extendiendo la mano para tomarlo, preguntó…

–¿Dónde lo encontraste?

–Me lo dio el cartero, vino ayer temprano a traer unas cartas. Lo halló en un banco de la plaza, tiene tu nombre…

Ella lo apretó contra su pecho, dubitativa, permaneció en silencio.

El señalador marcaba una página:

Abrió el libro, leyó en voz alta:

“Volverán las oscuras golondrinas…

domingo, 21 de agosto de 2022

Los caminos de la vida

Ficción por Marta Tomihisa

El chico subió al tren, buscó un vagón en donde no hubiera tanta gente, ya que después era bastante complicado andar con la mano extendida esperando que le dieran unas monedas. Se paró al lado de un hombre que leía el diario y que, aún cuando él cantó con toda su energía, no se inmutó.


                🎵 “Los caminos de la vida…” 🎶


Eso cantaba, le gustaba mucho esa canción porque decía cosas que le hacían recordar a su propia vida.

Finalmente llegó a Retiro, anduvo entre la gente sin saber qué hacer. 

Tenía unas cuantas monedas ya guardadas en los bolsillos, sentía hambre, pero no quería gastarlas todavía, debía aguantarse un poco y a lo mejor a la vuelta la limosna era más generosa, entonces sí podría comprar algo para comer.


Fermina se sentó en el catre, en el que dormía junto a su hijo.

Los perros ladraban entretenidos, porque ya empezaban a pasar los que se iban a trabajar temprano. Ella también se tenía que ir. Se había acostado vestida porque hacía mucho frío, por lo que solo se calzó un par de zapatillas gastadas y levantó el tacho que tenía casi junto a la cama para ir a buscar agua. No se podía quejar, aquí en la villa había gente que vivía más lejos y también usaba esta canilla, que solo estaba a tres casillas de la suya. Había un viejo llenando un balde plástico que tenía la manija rota, pero luego el hombre se las ingenió para llevárselo sin derramar ni una gota. Ella haría lo mismo, regresó con el tacho a cuestas sin volcar nada y entró apurada a la casilla. Sintió que las manos le dolían, porque la maniobra de sostener el recipiente para no derramar el contenido, hizo que la artrosis que la afectaba desde hace un tiempo le produjera un intenso dolor, pero ni siquiera se quejó. Con un jarro sacó un poco de agua, para hacerle un mate cocido a su hijo, que todavía dormía.

Lo demás lo usaría para cocinar y el resto para tomar durante el día.

—Levantate Juan, vamos dormilón que me tengo que ir…

Él fue abriendo lentamente los ojos y una expresión vacía se instaló en su rostro, tendría unos cinco años y estaba encogido mirando hacia la pared.

La madre lo sentó y como si no tuviera ningún control sobre sus movimientos, se volvió a caer hacia atrás. 

—Vamos vago, que estoy apurada…

El chico era cuadripléjico de nacimiento. Todavía recordaba lo mucho que había llorado, cuando le dijeron que su hijo iba a ser un discapacitado para toda la vida. Por suerte, el César ya tenía seis años cuando nació el Juan, justo empezaba la primaria. Además, ostentaba una salud de hierro.

Como ella había pasado por una cesárea complicada, para tener a su segundo hijo, César, el mayor, le ayudó un montón y hasta se las arreglaba para ir a la escuela solo. Era increíble como este chico se animaba a hacer de todo, era siempre tan servicial y cariñoso con su hermano. Ella había enviudado de su primer marido, enfermo de cirrosis, el padre del César, y luego había empezado a salir con el que la había dejado embarazada del Juan. Este hombre estaba ahora en la cárcel, porque lo descubrieron vendiendo droga cerca de la escuela y como no había “arreglado” con la cana, fue a parar al calabozo.

Así que estaba sola con dos chicos, en la casilla 27 de la villa La Cava.

En realidad, esta era la vivienda de su hermana menor, quien había venido a la provincia de Bs As un par de años antes convencida de que aquí la vida sería más fácil, que podría trabajar sin problemas. Finalmente, ella terminó laburando de copera en un boliche de Carupá, haciendo de todo para subsistir. Por eso la mayor parte de los días, no se veían.

Cuando ella estaba en la casilla se la pasaba durmiendo, tenía poca paciencia para todos. Fermina ni siquiera podía encargarle que cuidase a los chicos, pero igual se las arreglaba bastante bien con la ayuda del César que se iba muy tempranito, para traer unos pesos cantando en el tren. Ella tenía la suerte de haber conseguido un buen laburo, limpiando la casa de una señora amable y generosa, que le daba lo que le sobraba de comida para que se lo llevara a sus chicos.

La señora Renata era una mujer viuda y sin hijos, que vivía en una zona muy linda en Olivos, la mayor parte del tiempo estaba postrada en su cama pues ya era una anciana y estaba muy enferma. Pero siempre tenía un gesto cariñoso, para con ella.

Sentó al chico en la silla de ruedas, que le habían conseguido en la salita, le trajo el jarrito con el mate cocido y unas galletas. Él comió con ansiedad y aunque no era muy expresivo se notaba que tenía hambre.

—Bueno me tengo que ir, ya va a venir el César o la tía, vos quedate tranquilo, ¿eh?


César, con once años de edad y la difícil responsabilidad de cuidar a su hermano mientras su madre trabajaba, era un chico jovial, aunque se sentía demasiado apremiado por las circunstancias. Bajó del tren y dio unas vueltas por Retiro. Cruzó a la plaza donde está la Torre de los Ingleses y se puso a correr a las palomas. Luego se entretuvo mirando a otros chicos que se acercaban a los taxis, abrían la puerta a los pasajeros y recibían una propina.

Le pareció una buena idea y decidió probar suerte, por lo que se arrimó a ellos. Eran dos varones de su edad y una chica, que tendría unos ocho años.

Les preguntó:  

—¿Cómo anda la cosa?

—Todo bien, si querés podés venir…—le respondió, el que parecía ser el líder del grupo.

Se quedó con ellos, casi al mediodía sintió que las piernas le temblaban, no había probado bocado desde que salió de su casa. Como había juntado una buena cantidad de monedas, abriendo las puertas de los autos, decidió comprarse algo para comer. Entró nuevamente a la estación Retiro, fue hasta un kiosco y compró un pancho. Lo devoró con ganas, luego pidió otro que también comió con avidez, de ahí fue al baño y tomó agua de la canilla.

Uno de los chicos, que había estado en la parada de los taxis con él vino a buscarlo.

—¿Querés jugar un picadito?

Traía en sus brazos una pelota casi nueva, la había comprado hace pocos días, con lo que le daban en la calle.

¡Tenía tantos deseos de jugar un poco! No lo hacía desde que había abandonado la escuela, presionado por su mamá. Ella le había dicho que como ya sabía hacer cuentas, era suficiente para ganarse la vida. 

Fue con los chicos a la plaza y durante un buen rato, pateó la pelota con entusiasmo. De pronto, se dio cuenta de que era más tarde que de costumbre, se despidió y corrió a subir al tren.

Se ubicó en medio de la gente, cantó con todas sus fuerzas:


            🎵 “¡Los caminos de la vida, no son lo que yo esperaba…!” 🎶


Fermina estaba terminando de pasar la aspiradora en el dormitorio de la señora, cuando el teléfono sonó. Estaba sola, porque la señora Renata había sido internada de urgencia, durante la noche. Oyó a la mujer que trabajaba de asistente de la anciana, balbuceando palabras que ella no podía oír bien desde donde estaba. De pronto, le pareció escuchar un llanto, apagó la aspiradora y se asomó para saber qué estaba ocurriendo.

La mujer aún tenía el teléfono en su mano. Lloraba con desconsuelo.

—Qué pasa?

—La Sra. Renata falleció…

No lo podía creer, era la peor noticia que podían darle.

Un rato después, la mujer le indicó que la siguiera, abrió un cajón de la mesa de luz y se dispuso a pagarle mientras le decía:

—Ya te podés ir, no hace falta que termines…

Salió a la calle, se había quedado sin trabajo, enferma y sola, con dos chicos que mantener. Caminó como si los pies le pesaran mucho, estaba desesperada por la situación que inevitablemente debía enfrentar.

Cuando llegó a la casilla, le sorprendió ver la puerta arrimada como ella la había dejado, sin embargo, pasado el mediodía, el César debía estar aquí cuidando a su hermano…

El chico se había caído de la silla de ruedas hacia delante, como si hubiera querido incorporarse. Corrió a levantarlo, estaba inmóvil y le sangraba la nariz, la saliva le caía por la comisura de los labios. Lo acostó sobre la cama y por un instante contempló el rostro pálido de su hijo, que respiraba débilmente y tenía como siempre esa expresión tan ausente…

Entonces, tomó el almohadón que había sobre la cama y sin pensar demasiado, lo puso sobre la cara del chico… Apretó con todas sus fuerzas hasta que vio que su pie derecho, descalzo, dejaba de sacudirse hasta que se aquietó totalmente… Levantó el almohadón y como si solo estuviese dormido, con la misma manta le limpió la saliva, le ordenó el cabello…

Luego se inclinó con mucha ternura, le dio un beso en la mejilla y le dijo casi en un susurro:

—Ahora sí te quedaste dormido, Juancito…

Mientras caminaba hacia las vías del tren pensó en el César, deseó con todo el corazón que su hijo que siempre había sido tan fuerte, pudiera sobrevivir en estos caminos tan injustos de la vida…


La escribanía Pérez Recalde situada en Avda. Santa Fe, estaba colmada de actividad a esta hora de la mañana. Los empleados iban y venían trayendo papeles, llevando documentos que el escribano debía firmar. Él estaba en su escritorio examinando certificados, mientras su secretaria le iba alcanzando los trámites que debía resolver con cierta urgencia. Una de sus empleadas trajo una carpeta, que parecía contener una gran cantidad de papeles.

Leyó la carátula: Renata Bruni

Dentro de esa carpeta había tres escrituras, la de la casa de la Sra Bruni en Olivos, otra propiedad que ella tenía en Pinamar y finalmente la de una casa en Tigre, cerca de la estación. Sobre esta última propiedad, hacía mención el testamento de esta señora.

Decía: “Cedo todos los derechos de la propiedad ubicada en la calle Enciso Nº 1323 de la localidad de Tigre a la Sra. Fermina Gómez, quien deberá habitarla junto a sus hijos. La mencionada propiedad se halla amueblada, todo lo que allí se encuentre será heredado por ella” 

El escribano inmediatamente, llamó por el interno:

—Por favor Alicia, tratá de ubicar a esta señora Fermina.

Decile que es por una herencia, que solo tiene que firmar unos papeles.

Se acomodó en su mullido sillón, pensó en voz alta:

—¡Qué afortunada es esta mujer!

jueves, 4 de agosto de 2022

Sonidos

Ficción por Marta Tomihisa

Acurrucado con las manos atadas hacia delante, había encontrado este pedazo de viga con clavos y astillas que le lastimaban las manos.

Con esto golpeaba, desesperadamente, la puerta cerrada por el hombre que lo había dejado allí, maniatado e indefenso… 

Se sentía como una mosca sujeta a la tela de una araña, la cual, habiendo atrapado a su presa, aún tarda en comérsela…

Hacía mucho frío, el lugar era enorme y lo sabía por el eco que producían todos los sonidos. Además, cuando se quedaba quieto oía el tráfico de la calle, los murmullos lejanos de la gente, incluso hacía un rato había escuchado la sirena de una ambulancia luego de una persecución policial, lo que avivó su deseo de ser rescatado del cautiverio.

El arranque de un ciclomotor lo paralizó, ¿sería algún vecino o su secuestrador…?

El apacible sonido de las campanas de una iglesia, lo motivó a seguir apaleando la puerta. La esperanza lo animó, aunque sintió angustia y bronca, decidió que saldría de alguna manera de este encierro…

¿Cuánto tiempo había pasado, desde que lo trajeron aquí?

No podía precisarlo.

Iba hacia atrás en sus recuerdos, se veía subiendo al auto de alta gama (propiedad de su jefe) luego de saludar al portero del edificio en el que trabajaba. Recordaba que previamente, había estado un buen rato ordenando los papeles de su escritorio para la actividad del día siguiente.

Debido a esto, fue el último en salir y comprobar que ya estaba oscureciendo. Hizo el recorrido habitual y al tomar el desvío, ese corto trayecto casi paralelo a la ruta algo lo impulsó a observar por el espejo y ver las luces de ese otro auto, que lo seguía demasiado cerca…

Después, todo pasó tan vertiginosamente…

Lo obligaron a detenerse, forzándolo a ubicarse en la intersección de una ruta, luego a meterse en el baúl de otro auto en el que había unas lonas tiradas y unos diarios viejos.

Cuando el vehículo estacionó finalmente, alguien levantó la tapa, se acercó a mirarlo y dijo:

–¿Y este boludo, quién es?

Después, lo habían dejado aquí…

Por suerte, a pesar de la tremenda situación, no entró en pánico, pero un escalofrío intenso, le recorrió todo el cuerpo. Además, estaba absolutamente convencido de que se trataba de un error.

¿A quién le podría interesar secuestrar a un empleado de oficina, que apenas podía mantenerse? Seguramente lo habrían confundido con otra persona…

Mordió con fuerza la cuerda que ataba sus muñecas, finalmente la desató.

Con las manos libres ahora, siguió golpeando con todas sus energías.

De pronto, la cerradura oxidada cedió y la puerta se entreabrió levemente.

De un salto, se incorporó... 

En ese momento, se dio cuenta de que le habían sacado los zapatos, pero al menos tenía puestas las medias, metió las manos en los bolsillos y descubrió que estaban vacíos. Sin pensar demasiado, avanzó por un gran galpón en donde había trastos viejos tirados por cualquier lado. Podía divisar los objetos, porque el vidrio de casi todas las ventanas estaba roto y había que caminar con cautela para no lastimarse. Por suerte, entraba la luz de la calle.

Fue hacia la única puerta que había, tenía el picaporte roto y se abrió sin problemas.

Ya en el exterior, la tormenta irrumpió tan imprevistamente que se sobresaltó, parado y descalzo, en medio de una orquesta de relámpagos y truenos…

Divisó una escalera casi pegada a la pared, que descendía a un patio interior cubierto de maleza crecida. 

Sintió que algunos pastos húmedos, le atravesaban las medias y se hundían en su carne, pero ni siquiera se quejó de la emoción que sentía al comprobar que estaba huyendo, hacia su liberación…

A la derecha, el alambre que separaba este inmueble de la casa vecina, estaba roto y caído hacia un lado. De un salto, lo sorteó y avanzó por allí, lo más rápido que pudo hasta llegar al cerco lindero y luego hasta el siguiente, trepando con mucha ansiedad, otro y otro más…

A esa hora del atardecer los patios de las viviendas estaban desiertos, el frío y la lluvia hacían que la gente permaneciera en el interior de sus casas.

De pronto escuchó voces, un murmullo casi armónico semejante a un cántico. Esta propiedad era la más grande y sólida de todas, decidió hacer una inspección ocular. Temblaba de emoción mientras avanzaba con mucha prisa y sigilo, empapado por la lluvia…

Recorrió un pasillo interminable hasta una puerta de madera, un cartel clavado sobre ella, decía:

Secretaría parroquial: 9 a 12hs

¿Un templo…?

Con sigilo, entró por un pasillo en penumbras, hasta llegar al recinto…

Caminó por el costado del altar, el sacerdote lo observó sorprendido pero divertido ante la inesperada presencia de ese hombre apurado y descalzo, caminando hacia él…

La voz apacible del cura, celebraba la misa hablando del regreso del hijo pródigo, repetía pausadamente las palabras del sermón:


“Hijo mío, ya has vuelto a casa…”

domingo, 24 de julio de 2022

Festejo compartido


Ficción por Marta Tomihisa

Las brasas ardían invadiendo con chispas y calor este lado de la estancia sobre el que descendía inevitablemente la noche.

Eulogio avivó el fuego; en la parrilla un suculento asado esparcía su aroma tentador. Se quedó mirando las estrellas, pero las risas y la música que venían de la casa lo llamaron a la realidad. El patrón había pedido que la carne estuviera en su punto justo, a las diez de la noche.

¡Y pensar que hoy también cumplía diez años, su único hijo varón! 

Pero él debía estar aquí, sometido a los antojos de don Camilo que también festejaba su cumpleaños.

Tenía tantas ganas de irse y dejar todo en banda, pero…

Los parientes fueron los primeros en llegar, junto al médico del pueblo, amigo personal del dueño de casa. La mesa ya había sido preparada por la sirvienta y su hijo Pancho, quien oficiaba de mandadero y otras yerbas.

Se encaminó para la cocina con la intención de tomarse un trago, con todo este trajín nadie lo iba a controlar y un par de copas no le vendrían mal. 

Apenas lo vio, la sirvienta le encomendó:

–Eulogio andá al sótano y traeme unas cuantas botellas de vino, yo todavía no tuve tiempo y ya llegaron los invitados, el Pancho te puede ayudar. 


Bajaron los dos y, mientras él buscaba lo que le habían encomendado, el muchacho se puso a curiosear. Aquí, en el sótano, había tantas cosas…

En una alacena sobre un estante alto, se destacaban varias damajuanas con un líquido de color oscuro y una etiqueta con una calavera, ordenadas en fila.

–¿Y esto, qué es?– preguntó el chico.

–No, eso no se toca, eso es veneno para los yuyos…–respondió Eulogio.

Pancho sonrió, aunque no había nada divertido en la situación.

–Vea don Eulogio… ¿Y si les servimos esto?

Sin esperar respuesta, el muchacho se rio con ganas de su propio chiste.

Eulogio lo miró y, en absoluto silencio, cargó las bebidas que le habían encomendado…


El festejo estaba en su apogeo, la música proveniente del gran salón comedor ya invadía toda la estancia. Los invitados hablaban y reían, en el desorden propio de la algarabía de muchas personas juntas, con algunos tragos de más.

Don Camilo sonriente, se paró y propuso un brindis levantando su copa, aunque ya había bebido un generoso sorbo del espumoso vino.

De pronto se encorvó, llevó sus manos al pecho y cayó de bruces sobre la mesa…

La esposa desencajada, gritó:

–¡Un infarto!

El médico de la familia, demasiado entonado y compungido firmó enseguida el certificado de defunción… 


Al final, la fiesta se terminó temprano…

viernes, 1 de julio de 2022

El bombo (relato por Marta Tomihisa)


Por la ventanita rectangular de la cocina llegaba el monótono golpeteo del bombo, pero siempre había un instante en el que se detenía para volver a empezar con más fuerza. Como si el ejecutor del golpe se tomara ese respiro para repetirlo con más ímpetu, incansablemente…

Pero… ¿Tan pronto practicaba la murga…?

Desde hacía un par de años vivíamos en este barrio, San Rafael, a pocas cuadras de la avenida Sobremonte, frente a la villa miseria.

Nos habían prestado este departamento (¡a estrenar!) en esta precariedad y nosotros, jóvenes y audaces, nos animamos a convivir esta experiencia sin igual. Era la década de los ’70, la noche era tibia y primaveral, con perros ladrando en el baldío y gente caminando apurada por la vereda angosta que se acababa abruptamente al llegar al asentamiento.

Salí a comprar una lata de tomates en lo de Etelvina, porque tenía unos fideos esperando en mi mesada y esa sería nuestra cena; mi marido no había llegado todavía…

La casilla-almacén de Etelvina no tenía horario, ni feriados, a toda hora de cualquier día del año, estaba siempre abierto y atestado de gente.

No creo que ningún buen supermercado de barrio, pudiera igualar a esta generosa despensa en medio de tanta miseria.

Colmada de víveres que no habían sido ordenados, desparramados en los precarios estantes de madera contra la pared de chapa, que se curvaban soportando empecinados el exceso de peso. Detrás del mostrador, impasible y callada, la frágil y diligente, Etelvina, alerta a la necesidad de sus clientes y hallando lo que pedían en rincones en donde a nadie se le ocurriría buscar. La observé desde un rincón estrecho junto a la entrada, con ánimo de pedirle que se apurara, pero ella nunca nos miraba, porque a pesar de estar atenta siempre parecía estar lejos…

Con el mismo pañuelo floreado sosteniendo su cabello desteñido, las manos huesudas metidas en el delantal y ese bolsillón en donde guardaba el cambio y daba los vueltos con una precisión matemática.

¿Qué edad tenía esta mujer? ¿Cuándo descansaba, cuándo se tomaba un respiro…? 

Nunca lo iba a saber, era imposible descubrir estas cuestiones en ese rostro inexpresivo, en esa mirada ausente surcada de arrugas con la palidez del encierro voluntario al que se sometía todos los días de su vida…

Finalmente salí de allí con mi lata, me encaminé a mi departamento por un sendero, atravesando el asentamiento. Ahí me encontré con los chicos del bombo, parados sobre la tierra seca al lado de la casilla, en donde alguien cocinaba un guiso poderoso porque los olores eran intensos y las moscas se arremolinaban en la entrada de la vivienda. Eran dos los que tocaban y se turnaban, mientras los otros alentaban.

Nadie imagina que un sonido tan contundente viene de semejante precariedad, lo relaciona con algún ejecutor poderoso que proviene de otra dimensión. Sin embargo, eran solo estos muchachos con las caras sudadas y las zapatillas agujereadas; ya los conocía del barrio. Eran los mismos que integraban la murga, solo que ahora no estaban disfrazados y le pegaban al bombo con mucha energía, con un pedazo de manguera repitiendo el compás con una tenacidad admirable.

–¿Qué hacen chicos? ¿Ya se preparan para el carnaval?

–No doña, hoy es el día de la lealtá….pero el viejo se murió, por eso nos quedamos acá…

En ese instante recordé que en la oficina, había escrito “17 de octubre de 1975” …

Claro que el “líder” se les había muerto y no había otro convocante más exitoso, que ese inventor del monólogo multitudinario, el que había alentado desde un balcón a tantos marginados para convertirlos en “compañeros”.

Al darles ese nombre, les había concedido la gracia de abandonar el anonimato, para ser algo más que un punto entre la multitud de la plaza de Mayo…

Realmente, había sido muy canchero el general y su dialéctica sensiblera, pero algunos díscolos lo habían hecho enojar y en su vejez con sus achaques a cuestas, no se lo pudo bancar y se murió nomás…

Y aquí estaban estos chicos, tocando furiosamente el bombo para atenuar su ausencia, para provocar el retorno utópico del caudillo “compañero” …

Los perros le ladraban a la gente que pasaba, pero luego volvían a echarse junto a los pibes, siempre fieles a sus dueños y alertas a cualquier movimiento, porque esto se prolongaba y aquí en la villa, lo único que les quedaba era esperar… 

martes, 14 de junio de 2022

El despertador

Ficción por Marta Tomihisa. Dedicado a Pato Cipriani, amigo fiel.



¡No, no podía ser…!  

Estaba segura de que el despertador no había sonado, pero ya eran las nueve de la mañana, sin ninguna duda…

Corrió a lavarse los dientes mientras con la otra mano se cepillaba el pelo, lucía una cara de dormida que no podía mejorar porque no tenía tiempo ni para maquillarse.

Por suerte el ascensor vino enseguida y estaba vacío, supuso que siendo tan tarde ya todos habían salido para sus respectivos empleos.

Menos ella, a quien acababan de nombrar Encargada de cuentas personales, en el banco en el que trabajaba de lunes a viernes…

Un papelón total, llegar tarde sin avisar a menos de un mes de haber sido calificada como una empleada eficiente.

Bueno, esto no tenía remedio…

En el quinto piso subió el muchacho que no había vuelto a ver desde el verano, llevaba una raqueta de tenis. Se saludaron casi sin mirarse, él tenía el cabello húmedo y una fragancia suave de crema de afeitar. ¿Qué pensaría al verla tan desalineada?…

Ya en el palier, él se dirigió a la puerta que lo llevaba al garaje, pero de imprevisto se dio vuelta y le preguntó: 

–Voy para Palermo, si querés te alcanzo…

¿Acaso sabía, dónde trabajaba ella? ¿O percibió su desesperación, por llegar rápido al laburo?

–Bueno, si no te molesta…

Le sorprendió ver tantos autos en el estacionamiento, parece que, para viajar por la ciudad, a esta hora, la gente optaba por el transporte público.

Mientras caminaban recordó que meses atrás, ya se había fijado en este vecino tan apuesto y solitario, a quien algunas veces veía pasear con el perro.

En una oportunidad el portero, por error, le había dejado una carta que era para él. Dirigida al “Agrimensor A. Peralta” ¿Cuál sería su nombre completo?

Hasta intentó leer a través del sobre: …datos catastrales y mensura del proyecto…

No entendía nada.

Había imaginado un encuentro con él en otra circunstancia, en la que ella maquillada y elegante, se animaba a entablar una conversación interesante. Pero aquí estaba, con la blusa semiabrochada, el pantalón arrugado y los primeros zapatos que había hallado en su placard que, por supuesto, no combinaban para nada con su atuendo.

Ya en el auto se miró al espejo, vio un resto de pasta dentífrica manchando la comisura de sus labios. Con disimulo se pasó la yema de los dedos, tratando de limpiar ese rastro.

Luego sonrió, intentando disimular su incomodidad y contemplando la calle dijo:

–Parece que a esta hora hay poco tráfico, no?

Mirándola de reojo, él respondió:

–Siempre es así a esta hora… y sobre todo un día sábado…

Sus mejillas enrojecieron y al final, ambos rieron…

¡Realmente la vida, es solo un equívoco maravilloso! 

 

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