jueves, 21 de noviembre de 2024

Mis intentos de ser escritor

Probablemente siempre quise ser escritor y no me había dado cuenta. 

Siendo niño aún, al tratar de escribir mis primeras letras en la escuela primaria, veía con envidia a una prima mayor que yo que, con total soltura y velocidad, lograba lo que a mí me costaba sangre, sudor y lágrimas. 

Pocos años más tarde, recuerdo que mi padre trajo a casa una –hoy vetusta– máquina de escribir. En aquella vieja Remington, aprendí a aporrear las teclas con solo un dedo de cada mano, pero ¡qué placer y qué orgullo sentía al ver en el papel aquellas primeras letras de molde que conseguí obtener!

Años más tarde, ya adulto, trabajando en una oficina pública, veía con algo de decepción cómo se escribían los informes de los expedientes con una vulgar reiteración de frases hechas que, en muchos casos, no agregaban nada de importancia al trámite en cuestión. En mis intentos de lograr algo más que esas banalidades, llegué a producir algunos textos que me valieron el elogio y la sorpresa de mis superiores. Elogios y sorpresas que solo confirmaban lo mediocre de las prácticas habituales.

Hace un par de décadas, discutiendo con una sobrina acerca de temas relacionados con la ortografía –más precisamente con el uso de la tilde o acento ortográfico, como me enseñaron en la escuela primaria– me di cuenta de que, verbalmente, no estaba a la altura de la discusión, razón por la que opté por escribir lo que pomposamente titulé: «El acento y otras disquisiciones ortográficas». No recuerdo si llegó a manos de mi sobrina interlocutora, pero sí que lo leyó una amiga, profesora de lengua, que me manifestó su desacuerdo con ciertos conceptos, pero que igualmente le pareció bien estructurado y con argumentos no del todo descaminados.

Ese fue, para mí, un punto de inflexión a partir del que me volqué a escribir reflexiones acerca de aconteceres cotidianos entre los que, la imprevisible política de mi país, nos brinda tanto material. 

Ya en este siglo, leí un ensayo de Mario Vargas Llosa: «Carta a un joven novelista». Fue tan inspirador que, en menos de un mes, conseguí escribir tres cuentos al parecer no tan malos ya que dos de ellos merecieron menciones en un concurso con cerca de mil participantes. Allí descubrí la maravilla de la ficción, en la que uno se siente poco menos que un Dios, al poder disponer de la vida y pasiones de personajes de su creación. 

Pero allí quedó mi paso por la ficción ya que, luego de esa maravillosa experiencia, poco pude lograr en ese terreno. Por esta razón es que dediqué mis esfuerzos a la narración de anécdotas de mi ya larga vida. Esos episodios que uno, en reuniones familiares o de amigos, siempre está tentado a contar, aunque sea por enésima vez, bien merecen la pena ser llevados al papel. No sé si serán tan buenos mis relatos, pero a mí me produce un gran placer cuando, aunque sea una sola persona, me confirma que disfrutó de su lectura.

Cuando las anécdotas se acabaron, me dediqué a reflexiones acerca de episodios de la realidad política de mi país, que, como ya he dicho, suele dar muchos argumentos y vuelco estas reflexiones en este blog donde también dedico entradas a comentar algunas de mis lecturas o a transcribir párrafos que me parecen dignos de ser compartidos. También en este blog participa Marta, con sus inspiradas ficciones.

Las mayores dificultades con que tropieza un novel escritor no radican, a mi juicio, tanto en la ortografía o el uso de las comas –después de todo, para eso están quienes se dedican a la corrección– sino en la inspiración creativa.




4 comentarios:

Charles dijo...

Elsa nos dijo:
Desde esas primeras letras de la escuela primaria a hoy ha pasado mucho tiempo y hoy el dominio del idioma y la facilidad de expresar ideas es tan notable que todo lo que leo de este escritor es magistral y una invitación a seguir sus obras y críticas literarias.

Charles dijo...

Mirta nos dijo:
totalmente de acuerdo. Tengo un amigo que hace lo mismo: escribe sus experiencias siempre calificadas bajo diferentes títulos. y como escribe de maravilla y tiene un gran sentido del humor y de humanidad , siempre es un placer leerle. Ahora tengo añadido otro escritor mas en la misma categoría: el placer de leerles.
Pero debo añadir que la falta de comas, puntos y demás pueden cambiar rotundamente el significado de una oración. Reconozco que, muuuuchas veces, paso de las tildes , aunque convengamos que la carencia de ellas también puede cambiar un significado, y además la mala ortografía es una patada a la vista. Afortunadamente en la compu está el corrector y una , por respeto corrige los errores.
Un abrazo.

Maria Elena García Novarini dijo...

Me gusta mucho tu prosa me alegra cuando descubro que sigues escribiendo y contando jugosas anecdotas!

Charles dijo...

Aldo nos dijo:
A propósito de tus palabras sobre ser escritor, te paso dos reflexiones: "Para ser escritor, hay que escribir" Carlos Urquía. "Me gustaría ser escritor, por ahora...escribo." Un servidor. Besos y abrazos a los dos.

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